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23 Noviembre 2017
MISIÓN:
“Formar jóvenes cristianos comprometidos con su fe y sus valores, entregando una sólida formación académica e integral que les permita enfrentar con éxito su presente y su futuro, mediante su compromiso con las personas que los rodean, el medio ambiente y el desarrollo de una pedagogía del amor,  en un encuentro afectivo con la fe cristiana”.

VISIÓN:
“Esperamos ser percibidos por las familias de nuestro entorno como una Comunidad Educativa de excelencia, que forma y educa a jóvenes alegres y solidarios en el amor de Cristo,  que sean comprometidos con la sociedad y su entorno.”


 

Las madres y las demandas de los hijos” PDF Imprimir E-mail

madresSin duda ser madre es un maravilloso regalo de la vida, pero, a la vez, una experiencia muy demandante. Observar a una madre mientras mira a su hijo recién nacido es un instante conmovedor.
Cuando un niño llega al mundo dos personas nuevas nacen, una madre y un hijo.

Sin duda ser madre es un maravilloso regalo de la vida, pero, a la vez,
una experiencia muy demandante. Observar a una madre mientras mira
a su hijo recién nacido es un instante conmovedor.
Cuando un niño llega al mundo dos personas nuevas nacen, una madre
y un hijo. La primera separación entre ambos la constituye el parto, que
marca el inicio de una nueva etapa que estará marcada por las
demandas del hijo a la madre. Ella, gracias a la ocitocina que se produce
en el embarazo y en el parto, está biológicamente programada para
recibir al niño, en la mayoría de los casos con un amor incondicional y,
por supuesto, para cumplir las demandas de atención, que de diversas
formas cruzarán todo el proceso de crianza.
Las atenciones que el niño demanda suponen una enorme disponibilidad de las madres y es la
clave del vínculo afectivo madre–hijo. Uno de los factores centrales para un apego seguro, que
será la base de la estabilidad emocional de los niños, es la disponibilidad de la madre, para
atender las múltiples necesidades de los niños, que van cambiando en el transcurso del
desarrollo. Estar atenta a estas necesidades y ser sensible a las demandas del hijo, es esencial
para que la relación esté marcada por un signo positivo.
El bienestar del recién nacido depende de estar confortablemente alimentado, limpio, acariciado
y estimulado. Los niños expresan sus necesidades a través de diferentes formas de llanto. Su
llanto cuando llora de frío, de hambre, de sueño o porque necesita compañía es distinto y las
madres son capaces de diferenciarlos.
Cuando aprende a caminar es necesario cuidarlo para que al entregar la autonomía que
necesita, no corra riesgos para su integridad física. En esta etapa el niño necesita sentirse
mirado orgullosamente por su madre. En este período aprende a decir mamá, habitualmente su
primera palabra, cada vez que se encuentra en apuros. La disponibilidad de la madre para
socorrerlo cuando está en apuros será esencial. Mamá también es la última palabra que dicen la
mayoría de las personas antes de morir. Así de fuerte es el vínculo madre–hijo.
En el período preescolar, aumenta su lenguaje y su exploración y algunas frases frecuentes de
escuchar en los niños con buen apego son: "Mamá, ven", "Mamá, mírame", "Mamá, ayúdame",
"¿Mamá, me quieres?". En este período los niños quieren y necesitan jugar con sus madres, y
son ellas con quienes más aprenden.
Al alcanzar la etapa escolar, el niño es más independiente, muchas veces las madres se tornan
más exigentes con ellos, con lo que suelen haber conflictos en la relación. Lo que más molesta a
los niños en edad escolar es el exceso de crítica y que las madres los griten, los apuren o exijan
mucho. Por eso suelen decir: "Mi mamá está siempre apurándome", "Nunca me encuentra nada
bueno", "Me gusta cuando está cariñosa".
Junto a esta actitud más crítica, a los niños en edad escolar les da una enorme felicidad saber
que su madre está en la casa cuando llega. Valoran la presencia de ella en sus momentos
críticos o decisivos y les gusta que les expresen su amor incondicional, así como que los
acompañen y que los escuchen.
La adolescencia marca una etapa crítica en la relación. Sobre todo por el aumento de las
demandas escolares junto con las necesidades de independencia y autonomía de los
adolescentes, que exigen un trato más igualitario. En esta etapa se pone en jaque la
incondicionalidad del amor de los padres. Muchas madres deben trabajar fuertemente el tema de
la aceptación para lograr vincularse, con un hijo o una hija, que a veces piensa, se viste y quiere
hacer cosas que son diferentes y opuestas al modelo familiar.
Los adolescentes sienten, en su mayoría, que las madres los infantilizan y que no escuchan sus
necesidades. Pero ellos, pese a sus reclamos, necesitan para su sano desarrollo de la presencia y
de la contención de sus madres. Es a ella a quien dirigen sus llamadas de auxilio, cuando están
en problemas.
Cuando el paso por la adolescencia se logra de una manera razonable y se conservan los
vínculos afectivos con la madre, esta relación será una base de seguridad para que en la edad
adulta puedan construir su propio proyecto vital, manteniendo un vínculo positivo con su familia
de origen y así poder transformarse a su vez en buenos padres.
”Artículo de El Mercurio”.

 

 

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